Resulta extraño entrar ahora a tu casa y no percibir el fuerte olor a tabaco que la caracterizaba. Hoy te encuentro nervioso, sentado en silencio junto a la mesa donde flamean tres velitas en torno a una caja... y tú mirando fijamente...
¿Qué es eso?
- Es el velatorio del cigarrillo. ¿No ves?
¿Dejaste de fumar?
- ¡Cómo! ¿No te has dado cuenta?
Sí, pero lo dudaba. Has sido tan ferviente fumador que jamás pensé que lo dejarías.
- Bueno, ya no fumo.
¿Prescripción médica?
- Ningún médico me ha dicho que no puedo fumar más. Pero tampoco alguno me ha recomendado que siga haciéndolo...
¿Decisión propia, entonces?
- Decisión propia, con alguna cuota de miedo. Una decisión triste y muy, pero muy difícil.
¿Cómo fue?
- Muy sencillo: estuve largamente hospitalizado por una afección pulmonar que no se originó en mi adicción al cigarrillo. Fue un neumotórax, o sea, aire en el pulmón.
¿No tuvo nada que ver con el cigarrillo?
- Se originó por una causa espontánea, pero sorprendió al pulmón debilitado. La fístula o agujero posterior se facilitó porque el pulmón estaba dañado y eso tiene que ver con el tabaco. Y eso obligó la cirugía, que fue harto compleja y en algún momento puso mi vida en grave peligro.
Entonces, te dio miedo y dejaste de fumar...
- No tan así. Sucede que durante todo el tiempo que estuve hospitalizado no pude fumar; primero, porque no se puede en la sala y tampoco podía hacerlo en las terrazas o patios porque siempre estuve –por más de un mes- inmovilizado en la cama, con tuberías de drenajes que no me permitían levantarme.
¿Es tan doloroso dejar de fumar?
- Lo que pasa es que la adicción es mucho más que un hábito. Cuarenta años fumando del orden de los 20 a 25 cigarrillos al día, convierte el acto de fumar en parte de tu vida, de tu ser.
¿Tanto así?
- Imagínate que durante cuatro décadas, cada día, después de cada taza de té o café; después de cada comida, al comenzar a escribir ante la máquina o el computador, al ver las noticias... en fin: al iniciar o terminar cada acción rutinaria, siempre hubo un cigarrillo encendido entre mis dedos o en mis labios.
...Tenías la necesidad orgánica de fumar...
- No sé si eso exactamente. Lo que tengo claro es que sin un cigarrillo encendido no me sentía íntegro; me faltaba algo importante.
Entonces, ¿cómo pudiste dejarlo ahora?
- Tengo que aclararte que nunca antes hice el menos esfuerzo por dejar de fumar, aunque en mi intimidad deseaba fervientemente dejar el vicio. Nunca tuve la voluntad.
¿Ahora sí?
- Es que ahora estuve más de un mes sin fumar, en el hospital. Nunca antes había estado tanto tiempo sin cigarrillo. Entonces, cuando salí, me di cuenta que se trataba de una gran oportunidad; lo dejaba ahora o nunca.
Seguramente ha sido más fácil, porque como ya no fumabas...
- Seguramente. Pero ha sido difícil, muy difícil. Amo el cigarrillo; el humo en la garganta me produce un placer que hoy me hace mucha falta. A cada instante quiero volver a fumar. No puedo sacarme la idea de la cabeza.
Pero habrá mucha gente que te está ayudando a resistir sin fumar...
- En rigor, no. Más bien, ha crecido la cantidad de gente que se entromete y me molesta hasta el tedio.
¿Cómo es eso?
- Bueno, durante largos años tuve que soportar a tanto “antitabaco” enfermizo entrometerse en mi tranquilidad para recomendarme ridículamente que deje de fumar. Me atajaban en la calle, me interceptaban en mi trabajo, donde fuera, para hacerme las tradicionales preguntas estúpidas: “¿No sabes que el cigarro te hace mal?” “¿No has pensado en dejar de fumar?” “¿Por qué no dejas el cigarrillo...?”
Claro, debe molestar que a uno le hinchen a cada rato. Pero eso ya pasó...
- Ahora es peor, porque todos esos enfermos anticigarros que saben que fui sometido a una nueva cirugía –incluso sin saber que fue al pulmón- vuelven a la carga: “Bueno, pero habrás dejado de fumar”. O: “¿Y todavía sigues fumando?” Y: “¡Pero no vayas a volver a fumar!” Y me llenan de preguntas. Me acosan y se entrometen en mi vida y mis hábitos. ¡Y me piden explicaciones...!
¿Qué se puede hacer...?
- Es que es gente impertinente y descriteriada que nació así y será siempre igual. Son los mismos que me acosan para decirme que estoy tan flaco... ¡Como si yo no me diera cuenta! Lo peor es que esperan que yo les explique por qué y qué estoy haciendo para engordar algo. Son personas que viven molestando a los demás, metiéndose en lo que no deben.
¿Entonces?
- Entonces lo único que se me ocurre es tratar de aislarme. Durante este tiempo de convalecencia no he querido ir a ninguna actividad pública, nada donde haya muchos periodistas o gente conocida. Me he encerrado lo más posible.
Pero eso no te va a durar mucho tiempo...
No, pero ya obtendré más coraje para responderles y pararlos en seco... o tal vez vuelva a fumar.
Te iba a preguntar si existe esa posibilidad, que el vicio o la necesidad de fumar sobrepase tu voluntad y decisión.
- No lo sé. Mi determinación es aprovechar esta coyuntura. Ya van dos meses y medio en que no he probado un cigarrillo.
¿No has tenido tentaciones?
- Claro que sí. El tiempo que estuve hospitalizado no lo cuento como ejercicio de la voluntad, porque sencillamente ahí no tenía ninguna posibilidad de fumar. Pero ahora, en casa, puedo hacerlo. Tengo cigarrillos, habanos puros y pipa con tabaco. Y he resistido –hasta ahora- todas las tentaciones.
Aquí no viene gente que fume...
- Han estado mi hija, su pololo y mi ex mujer. Todos ellos fuman y se iban al patio a hacerlo para no molestarme. Yo les he pedido que fumen junto a mí para sentir el humo y la tentación. Sólo así puedo vencerla.
También cuando sales a otros lados ¿no?
- He estado en la casa familiar, donde mi ex mujer y mi hija reciben amistades que fuman y lo han hecho cerca de mí. También he estado en reuniones de periodistas, donde todos fuman en espacios relativamente pequeños. He sentido el humo, lo he aspirado y tragado. Y me dan ganas de fumar, pero no he aflojado... hasta ahora.
Y ¿cómo te has sentido?
- Bien, pero prácticamente sin diferencias con mi vida de fumador. Lo que pasa es que por la afección sufrida, se me redujo mi capacidad pulmonar y me canso con mayor facilidad. Estoy haciendo ejercicios para recuperar esas capacidades.
¿Ha cambiado algo tu vida?
- Claro, en dos aspectos: por una parte, estoy ahorrando poco más de mil pesos diarios. ¡Son como 40 mil pesos cada mes que ya no estoy quemando...! En mi condición de semicesante consuetudinario, eso es muy importante.
¿Y lo segundo?
- Es que tengo una preocupación menos. Antes vivía pensando en mantenerme abastecido de cigarrillos; hacía malabares para que no me falte la plata para comprarlos y trataba de tener siempre algunas reservas para que no me falte nunca. Es una preocupación que ya no tengo. Y tampoco una molestia, porque muchas veces descubría de noche –cuando ya no pensaba salir más de casa- que no tenía cigarros para la noche y la mañana. Y tenía que salir, y caminar unas diez cuadras, y regresar en colectivo, pagando pasajes... para tener cómo seguir fumando.
¿Para tanto era?
- Es que hay que tener presente que durante décadas, lo último que hice en cama, cada noche, fue fumar un cigarrillo. Y lo primero que hice al levantarme, antes de desayunar, fue encender un cigarrillo y disfrutarlo.
¿Lo disfrutabas, efectivamente?
- Sí, lo disfruté siempre. Sorber el humo de un buen cigarrillo es exquisito. Sigo creyendo fervientemente que el tango tiene razón, como todos: “Fumar es un placer, genial, sensual”... Claro que no todos podemos disfrutar eternamente ese placer...
Director responsable: Miguel Tapia González [director(a)zonaimpacto.cl] · Webmaster : Javier Tapia Donoso