186
05 de enero de 2006

Una elección en el Hospital

Han cambiado las cosas en el Hospital Dr. Eduardo Pereira (ex Sanatorio) de Valparaíso, desde que estuve anteriormente internado ahí, por 1996.

Entonces, estuve feliz porque al eficiente servicio y la magnífica disponibilidad de recursos –equipos de avanzada tecnología y los más variados insumos-, hube de agregar la excelente atención de profesionales, técnicos, paramédicos y auxiliares.

En aquella oportunidad, estuve tres veces al borde de la muerte por una rebelde septicemia derivada de una pancreatitis, que obligó a sucesivas, complejas y delicadas intervenciones quirúrgicas. Me salvaron una y otra vez de pasar al Más Allá.

Después, señalé reiteradamente mi inmensa gratitud por la calidad de la atención recibida. Es que no imaginé que a la eficiencia, el personal añadía un indisimulado afecto por el paciente. Manifestaciones en este sentido tienen una enorme incidencia en la capacidad de recuperación del sufriente.

Recuerdo haber estado en situación comatosa cuando recibí la caricia de una funcionaria en mis cabellos o el apretón de sus manos contra las mías, gestos aquellos tan significativos para quien está con un pie en el cajón.

Tampoco puedo olvidar las expresiones de sincera alegría de funcionarias y funcionarios, médicos y enfermeras, cuando fueron advirtiendo mis progresos en recuperación, cuando los controles evidenciaban que no moriría en ese trance, que juntos estábamos venciendo la muerte...

Todo cambia...

Una vez más llegué en estado grave al Hospital Dr. Pereira, derivado del Van Buren, a donde ingresé por la Unidad de Emergencia afectado por una mortal crisis respiratoria.

En mi más recóndita intimidad, debo haber sentido una dosis de alegría o, al menos, satisfacción y tranquilidad cuando se me informó que sería llevado al Hospital ubicado en lo alto del sector San Roque del viejo Puerto.

Cuando fui instalado en la Unidad de Cirugía (obviamente en Sala Común), intenté reencontrarme con elementos ya conocidos y reconocí a varios funcionarios y funcionarios. En medio de mi desesperación, debo haberme esforzado por sugerir alguna sonrisa a modo de saludo.

Pero no recibí ni una mísera mirada de respuesta. Es más: cuando la primera paramédico osó en dirigirme su vista, fue con un toque de reproche: “¡A la horita que lo traen!”, se quejó, porque era de noche.

La siguiente funcionaria tiró la cubierta de mi cama y me tomó el brazo descubierto, sin mirarme siquiera, para controlar mi presión.

El ambiente humano era demasiado diferente al de mis recuerdos.

Los días, semanas y meses posteriores no hicieron sin confirmar mis peores sospechas: el Hospital mantenía su excelente equipamiento, el óptimo nivel de profesionales, su abundante disponibilidad de insumos... pero no quedaba nada del trato humano de su personal.

Poco a poco fui comprobando que ahora los funcionarios no manifestaban afecto alguno por el paciente; más bien, parecían demostrar que les molestaba nuestra presencia, que se indignaban de tener el deber de atendernos.

Me formé la convicción de que todos los procedimientos estaban ahora diseñados para que los funcionarios los cumplieran de la manera más cómoda y conveniente para ellos, pero en ningún caso para favorecer al enfermo. Por ejemplo, los internos son despertados a las 5.45 horas para que se hagan aseo; deben estar listos a las 6.15 porque a las 6.30 revisan y estiran las camas... pero el desayuno es servido recién a las 8.30 horas. Es decir, el paciente está despierto casi tres horas antes de recibir el primer alimento y debe esperar dos horas inútiles para que el personal cumpla sus deberes sin sobresaltos dentro de sus horarios.

Sin camaradería

También quedé convencido de que la confraternidad y el compañerismo habían desaparecido casi del todo entre el personal hospitalario.

Me hallaba hospitalizado cuando se supo del incidente sufrido por el Ministro de Salud en el Hospital Van Buren, donde fue interpelado duramente por varios sindicalistas y agredido verbalmente por una funcionaria.

Creí que los funcionarios del Hospital Dr. Pereira manifestarían algún grado de solidaridad con la funcionaria en desgracia o con los dirigentes sindicales en conflicto, pero nada. Al ser consultados, muchos paramédicos se refirieron en los peores términos a sus dirigentes, acusándolos de “vendidos”, “arreglados” y “aprovechadores”.

También advertí que ni siquiera se protegen entre compañeros en el mismo lugar de trabajo. Sorprendí a varios de ellos delatando errores o desaciertos de sus colegas ante las jefaturas y médicos.

Nada de política

...Y en ese ambiente enfrenté los días previos y posteriores a las elecciones del 11 de diciembre.

Logré que me llevaran un receptor grande de radio para captar las emisoras de Quillota, y un pequeño televisor blanco y negro. Con numerosos libretos de apuntes, fui captando ideas, datos y antecedentes de los debates o acontecimientos previos.

En cada instante de mis afanes por estar bien informado, fui observado como un pájaro raro por los funcionarios hospitalarios y por los demás pacientes de mi sala.

Unos y otros alegaban indignados cuando escuchaba noticias –desde las seis de la mañana- en tono alto. Apresuradamente encendían otros receptores a todo volumen para que el sonido de las cumbias madrugadoras apagara el de las noticias. Entonces, me obligaban a estar todo el día escuchando informaciones casi clandestinamente, agazapado con mis audífonos pegados a los oídos, con evidente molestia por la presión de la almohada...

Es que la totalidad de los funcionarios me manifestaron su disposición a no informarse, argumentando un supuesto apoliticismo que, en la práctica, no es sino una enervante flojera intelectual.

Claro que no faltó la paramédico que me confesó que votaría por Piñera porque “la Bachelet va a subir la edad de jubilación”.

- Y ¿quién le dijo eso? –la interrogué.

- En la tele dijeron.

- ¿Usted lo escuchó?

- No, pero lo escucharon. A mí me dijeron...

Tuve que desplegar grandes esfuerzos –debido a mis terribles dolores toráxicos provocados por las mangueras de drenaje que salían de mis pulmones- para explicarle que eran mentiras, que el programa de Bachelet, al contrario, contemplaba reducir la edad de jubilación.

Es que la modorra mental les indica que es más fácil escuchar comentarios de oídas y seguir consejos de otros tanto o más ignorantes, antes que informarse y razonar para tomar decisiones adecuadas.

Con ese nivel de esfuerzo intelectual e interés social, no me extrañó el profundo cambio que advertí en la actitud de los funcionarios, que en sólo nueve años perdieron toda sensibilidad humana, sentimiento de solidaridad y afecto con su trabajo y con el objeto de sus afanes, que somos los pacientes.

Más ZonaImpacto.cl

Fueron semanas y meses que tuve que convivir con ese sórdido ambiente en que los siete compañeros de sala y decenas de funcionarios se negaban a informarse.

Fueron días de sufrimiento físico, por mi enfermedad, y moral, por verme privado de ir a sufragar, a pesar de mis profundas convicciones para entregar mi voto a los candidatos en quienes confío plenamente.

Impedido casi de moverme debido a los drenajes y sondas que salían desde dentro de mi organismo y me ataban a la cama, inmovilizándome, me revolcaba de inquietud porque interrumpí mi participación en la campaña electoral, a la que me había entregado con verdadera pasión...

Entonces, con pasión y convicción, me formé la determinación de activar este ZonaImpacto.cl tan pronto mi estado físico me lo permitiera. Y no dejarlo más, mientras las energías y mínimos recursos me lo permitan.

Y aquí estoy: despachando estas líneas para compartir con ustedes, restablecer esos vínculos largamente interrumpidos y restituir este espacio de encuentro y debate de ideas y visiones.

Estoy seguro que recuperaremos el tiempo perdido; que seguiremos informando y que volveremos a recibir vuestro aliento que, al final, justifica todo nuestro entusiasmo y desvelos.

Director responsable: Miguel Tapia González [director(a)zonaimpacto.cl] · Webmaster : Javier Tapia Donoso