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05 de enero de 2006
Lago Maihue. Imagen: Canal 13Una bandera negra: el luto de la comunidad mapuche por las víctimas del Lago Maihue.

Tragedia de Maihue: Radiografía a una sociedad que no respeta a las personas

M.T.G.

Diecisiete personas ahogadas, la mayoría niños y adolescentes, estremecieron al país desde un rincón casi desconocido del territorio nacional: el lago Maihue, en plena Araucanía.

La tragedia podía haberse producido antes o después... o no registrarse nunca, como confiaban todos los lugareños.

Es que autoridades, dirigentes, padres de familias, profesores y lugareños en general, no quisieron sospechar nunca el tremendo riesgo que el precario transporte público que usaban para cruzar de uno a otro extremo del lago –que siendo inmenso ni siquiera aparece en los mapas- y siempre confiaron en nada más que la suerte.

Igual que en cada rincón del territorio. Tal como en los lugares que creemos más seguros.

El ser humano en peligro

Dos días después de la tragedia de Maihue, en Viña del Mar, el hijo del periodista Audénico Barría –presidente regional del Colegio de Periodistas- era lanzado fuera del bus en que viajaba con uniforme escolar. El estudiante de 14 años iba en un transporte colectivo de vuelta desde su colegio cuando la máquina realizó un giro excesivamente brusco. Llevaba la puerta posterior abierta y el adolescente salió expulsado de la máquina azotando violentamente su cabeza contra el suelo, resultando con traumatismo encefálico y fractura de cráneo, de suma gravedad. De debatió dos días entre la vida y la muerte. Afortunadamente, triunfó la vida.

Antes y después del dramático accidente de Camilo Barría los buses siguen transitando en toda la V Región con sus puertas abiertas, a pesar de ir sobrecargados, con muchos pasajeros de pie, especialmente niños y adolescentes que estudian. Nadie fiscaliza el cumplimiento de una medida tan básica de seguridad en el transporte público.

Al parecer, la seguridad de los pasajeros –y del ciudadano, en general- no es preocupación esencial de las autoridades.

La Prefectura de Carabineros de Viña del Mar ha sido permanentemente alertada a través de los medios en los que se ha desempeñado el autor de esta nota, sobre los graves peligros que enfrentan los pasajeros del transporte terrestre porque los autobuseros se niegan a cumplir la normativa relacionada con seguridad.

Hemos denunciado reiteradamente no sólo que los buses transitan con las puertas abiertas, sino que los del transporte interprovincial lo hacen al revés: encierran a los pasajeros en el interior, separado del compartimiento del chofer, manteniendo inutilizada la manilla interior de la puerta que separa las dos áreas. Tal vez tendrá que producirse una tragedia de proporciones insospechadas ocasionada por el encierro de los pasajeros, para que la autoridad fiscalice este “detalle”.

El peatón mantiene su integridad en peligro cuando transita por las calles porque un alto porcentaje de automovilistas y choferes del transporte no lo respeta; al contrario, lo desprecia. Y el control es escaso.

Muertes y más muertes

La desgracia de Antuco, que costó la vida a más de 40 soldados conscriptos del Regimiento de Los Ángeles, es otra demostración de la falta de respeto por la vida persistente en nuestra sociedad.

Allí, un oficial de Ejército se sintió con poder sobre la vida de los soldados a su cargo y estimó que era más valioso el cumplimiento de la equivocada orden que había dado, que la vida de sus sobordinados. Después de ponerse a resguardo, los obligó a caminar bajo una atroz tormenta de viento blanco, en plena cordillera, lanzándolos a la muerte con desprecio bárbaro por la vida.

Todas las muertes no naturales, producidas por otros seres humanos, dan cuenta de similar desprecio por la vida de los demás.

Aquí se incluyen, también, la actitud del delincuente que mata cruelmente por apropiarse de un par de pesos tanto como la infamia de empresarios y empleadores que obligan a sus dependientes a trabajar en deplorables condiciones de seguridad, sin comodidad alguna y con jornadas insufribles aprovechando los elevados niveles de cesantía que soportan nuestros trabajadores.

En toda circunstancia

El ciudadano común sufre todo tipo de riesgos por el mal estado de las calles y aceras de las ciudades. Las exigencias de salubridad en el medio ambiente son mínimas y gran parte de la ciudadanía nacional está expuesta a enfermedades porque el Estado parece estar más preocupado de que se hagan inversiones que del resguardo de la salud pública. Los niños que deben salvar todo tipo de obstáculos –naturales o no- venciendo las más adversas condiciones geográficas para ir a clases, son miles y miles. Pero la sociedad asume que las cosas son así no más. Tal como acepta que tantos menores sean maltratados, ofendidos, humillados y ultrajados en el propio seno familiar...

En fin: en toda circunstancia, la sociedad nos falta el respeto. No nos cuida. O, peor aún: mantiene abiertas de par en par las puertas para que unos cuantos infrinjan toda normativa relacionada con seguridad, para que las grandes mayorías vivamos en un riesgo permanente.

El valor de la vida

Pudiera parecer que ambos casos no se relacionan en absoluto, pero lo cierto es que tienen un mismo origen, único e inequívoco: la falta de respeto de la sociedad chilena por la persona humana; es decir, el desprecio por el valor de la vida.

En Maihue, desde el Gobernador provincia, pasando por los alcaldes de las dos comunas involucradas y los líderes sociales de la zona, tenían pleno conocimiento y conciencia de las precarias condiciones del transporte que la comunidad usaba a diario y que los estudiantes empleaban cada fin de semana para movilizarse entre sus internados y los hogares familiares.

Todos sabían que la embarcación estaba deteriorada; que no cumplía con todas las normas de seguridad, que justamente cuando viajaban los estudiantes se sobrecargaba (al ocurrir la tragedia iban 33 pasajeros, en circunstancias que su capacidad era para 18) y que el encargado –el piloto o conductor- era un poblador que se ganaba la vida transportando gente sin control alguno.

Nunca se le ocurrió al Alcalde de Mar de la zona verificar el estado de la lancha ni exigir su matrícula, lo que habría significado el cumplimiento de todas las normas de seguridad.

Tampoco nadie –ni vecinos, ni líderes sociales ni los padres de los pasajeros- cuestionó nunca que el piloto continuamente condujera la lancha en estado de ebriedad. De igual forma, nunca alguien manifestó preocupación alguna porque cada vez que la embarcación era sobrecargada, se dejaban de usar los salvavidas individuales o chalecos flotadores.

¿Por qué tanto descuido?

Sencillamente, porque para esas autoridades, dirigentes, profesores, pobladores y padres de familia, la vida de los demás –incluidos hijos y familiares- tiene escaso valor. La seguridad de los pasajeros de la lancha no era preocupación fundamental de la comunidad local, que refleja la estructura y el pensamiento de la sociedad nacional.

A pesar de las precarias condiciones en que operaba la embarcación, cuando la CONADI dispuso de fondos para esta comunidad, no se privilegió su reparación, mejoramiento o equipamiento. Los propios líderes de la comunidad escogieron otros proyectos –incluyendo una exposición itinerante- y las autoridades los financiaron sin observaciones. Tampoco se ocuparon de la lancha.

Una concepción horizontal

Por eso, se equivocaron medio a medio quienes intentaron dar uso político a la desgracia y culparon al Gobierno de no haber proporcionado una embarcación mejor para estos pobladores, casi todos mapuches.

El asunto no viene sólo del Gobierno. Existe en el ambiente; forma parte de la concepción colectiva de las cosas. Es horizontal y vertical. El escaso valor que se asigna a la seguridad y la vida de los demás viene desde arriba –de las autoridades-, pero también desde el lado: los demás pobladores, los familiares, los líderes locales.

Y esto, en todo orden de cosas. Desde la actitud del pasajero del bus que no respeta a su vecino, hasta el recrudecimiento de la delincuencia más violenta, pasando por las actitudes represivas y –lo reitero hasta el cansancio- las agresiones contra los niños.

La patria y el respeto

Hay sociedades de las que llamamos “más desarrolladas” donde el respeto por cada ciudadano constituye la razón de ser del Estado y todas sus instituciones. Son naciones o conglomerados humanos de mayor trayectoria histórica, que han sufrido traumas colectivos como guerras, hambrunas o epidemias. Y sobre las ruinas, construyeron sociedades más justas, donde todo lo existente está diseñado para servir al ciudadano: las estructuras viales, las viviendas, los establecimientos comerciales, las empresas y servicios estatales, el transporte colectivo, los sistemas previsionales, la seguridad social, la justicia, la organización del estado... en fin: todo.

Y tal estado de conciencia sobre el respeto al ser humano se ha logrado en corto plazo, pero se ha entronizado tanto en el conjunto de la sociedad como en la mentalidad más íntima de cada persona.

¿Qué tendría que suceder en Chile para alcanzar algún grado de compromiso individual y colectivo sobre el respeto que nos debemos unos a otros? ¿Qué tragedia de proporciones, catástrofe o trauma nacional tendrá que estremecer nuestras conciencias para que cada ciudadano no pueda concebir la sociedad sino a través del más profundo e irrestricto respeto por cada uno, por la dignidad del ciudadano y el inconmensurable valor de la vida...?

Para traumas, ya tuvimos demasiado con la dictadura.

Tal vez nos hace falta un liderazgo superior aún a los que ya hemos conocido. No olvidemos que el Presidente Lagos intentó instalar en nuestra sociedad el concepto de participación, pero no tuvo eco. Necesitamos un (o unos) dirigente(s) aún más convincente(s) que se constituya(n) en paladín(es) del respeto y desarrolle(n) un trabajo persistente, inagotable, hasta que cada chileno adquiera plena conciencia que la nación nunca será tal si no se sustenta sobre la base del respeto que nos debemos unos a otros por el sólo hecho de ser personas, y en la plena noción de que la vida de cada ciudadano es lo más valioso con que cuenta la patria.

Si no respetamos la vida de cada chileno, la patria nunca será grandiosa... Podrá tener riquezas, pero en esencia seguirá siendo miserable.

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