El viaje fue corto: apenas quinientos metros. Me saqué la cresta resbalando en una placa de hielo. La pesada maleta me cayó sobre la pierna izquierda y me la hizo añicos. La caída me paralizó el brazo del mismo lado. No pude aferrarme a nada, ni siquiera al tufo que aún llevaba esa noche de Navidad de no se qué año (¿cuántos han pasado, por la mismísima...?) y aquí estoy, cojeando y disminuido, con la rabia de no haber podido realizar mi último sueño: ir a la Nueva Guinea, Australia y las islas donde aun existen verdaderos piratas.
¡Qué huevada!
De tal modo, amigos de todo el mundo y de la Quebrada de Ají, me tienen aquí, mirando por la ventana cómo pasan las estaciones sin trenes y escapando de lo lindo en este mundo onírico que no me ha abandonado y que, impajaritablemente, me lleva a los rincones que ya nunca más –como dice la canción esa- “besaré” en la triste realidad de los días que no dejan huellas.
Pero no todo es tragedia: “No hay mal que por bien no venga”. He descubierto otras alegrías, como por ejemplo unos hierros de este tremendo porte incrustados en mi pata, atornillados y todo; más encima –colmo de los lujos-, inoxidables. En cuanto al brazo, todo va bien: ya puedo levantarlo hasta el nivel del vientre, lo que me permite rascarme la guatita a dos manos, placer inaudito para un manco. Junto a ello, mi brazo derecho ha alcanzado una destreza que asombraría al deportista más pintado, logrando abrir con una sola mano la botella de vino, cubrir de caricias –sin dejar vericueto alguno al abandono- el dulce cuerpo de la amada de turno y convencer con el gesto y la palabra a mi Huasa que todo ello forma parte de mi reeducación física, cosa que no la convence mucho pero que acepta convencida que es de pura boca nada más.
Lo mejor del asunto fue en los hospitales que he permanecido. Eso de que te vengan a lavar por presas cada mañana las dulces manos de enfermeras recién salidas de la Escuela y las feas a retirarte la “chata” luego de haber hecho tu gracia cotidiana (algunas exigieron mi cambio de régimen alimenticio), fue una pequeña compensación a mis sufrimientos. No negaré que a veces sentí un poco de vergüenza con esas erecciones inopinadas (especialmente antes de orinar por primera vez en la mañana, lo que me hizo recordar la cacareada “parada” matutina de la cual hablaban los viejos) o bien, ese olor putrefacto que siempre me han producido los porotos con cuerito de chancho y longanizas que mi Huasa chillaneja prepara tan requetebién y que una vez por semana me traía al hospital para que no echara tanto de menos nuestro hogar.
Durante meses alejado del mundanal ruido, salvo los sempiternos quejidos del fulano de la pieza de al lado, que el accidente de moto no le dejó hueso bueno y que caga por un hoyo que le hicieron en el vientre ya que se enterró (¡anda a saber cómo!) el pedal del cambio en el culo. Y ese otro, más allá, al otro lado del pasillo, contiguo a la vieja que le instalaron caderas de cerámica para que pudiera seguir caminando y así continuar fregando a su hija soltera y muy entera que lo único que pide es dar gracias a Dios (ése que llegó tres días después que yo luego de una caída de quinientos metros en su “Delta plan” al cual se le enrolló el paracaídas y se sacó mas que creta y media). Ese no se quejaba al menos: profundo estado de coma. Claro que su mujercita hablaba por tres, convencida que de tal manera lo sacaría de su estado de legumbre. Hoy sé por qué la hija menor está fumando marihuana. Le cuenta todo, salvo que sale con el enfermero, el Negro de Dos Metros y que Según Dicen Tiene una Artillería de Este Tremendo Porte. Las malas lenguas dicen que arregla las escoliosis de esas damas de un simple empujoncito...
En todo caso no me aburrí.
De regreso a la casa me enteré que nos está esperando la gripe aviaria, que en Chile –para no perder las buenas costumbres democráticas-, habrá elecciones y que esa buena moza de la Michelle tiene grandes posibilidades de agarrar el mando por donde corresponde y hacer zamba y canuto en el Gobierno. Me río solito pensando en lo folclórico del asunto. Es de esperar que no le suceda lo mismo que a las otras damas que precedentemente en otros países ocuparon tan altas responsabilidades: se convirtieron en más machos que sus predecesores masculinos, olvidándose que lo que el mundo anhela es tener una gobernante mujer y con las sensibilidades que corresponden al género femenino, pasando por la fundamental: el espíritu maternal.
Asimismo, constaté que el famoso Chelo Tapia sigue viviendo en una pata, a medio morir saltando, pidiendo agüita a lectores que prometen y se corren, tan típicos de nuestra tradición chilena. ¡Cuando se ofrece, hay que ponerse!
Junto a ello, leo por aquí y por allá, que Guastavino (si es que aún está en Valparaíso), sigue tan avaro como de costumbre y que le suelta el billete sólo a los propagandistas del liberalismo y no a los medios de comunicación de los pobres, que luchan por decir las cosas por su nombre... Debe ser por su nueva máscara social-demócrata, olvidándose de paso de sus encendidos discursos revolucionarios. ¿Pecaditos de juventud, amigo?
¡Extraño mundo éste! Los revolucionarios de ayer son la peor cuña para la mesa que cojea, hoy. ¿Quién podrá creer, entonces, en un cambio de estructuras, de dar al Pueblo lo que realmente requiere, cuando buscan desesperadamente los elogios de sus enemigos de ayer?
En otra época habríamos dicho que era una traición. Hoy, para justificarse, dicen: “Pragmatismo político”.
Va, bonhomme, va! Aprovecha, llénate de fatuidad, ayuda a empelotar a los pobres para seguir vistiendo a los ricos.
A tu entierro irán a llorarte –cosa increíble-, los que abandonaste por el camino.
Ya lo ven, los regresos son difíciles.
Pero ahora estoy en mi casa, mirando a las chiquillas que están en edad de merecer y que las dejo pasar no por que soy magnánimo, sino que debido a que estoy aquí, sentado como un viejo de mierda, con la pata estirada y llena de tornillos, mientras la Huasa se aprovecha para desquitarse de todos mis pecados pasados, presentes y futuros. (“¡Discúlpame mi amor si pasé a llevar tu pierna...! ¡Lo hice sin querer!”)
¡La venganza de la Huasa!
Pienso en ustedes, fieles lectores, agradeciendo de paso a todos aquellos que enviaron cartas de condolencia a mi entierro señalando: “¡Al fin nos escapamos de ese Huevón!”
Más, ya lo ven, sigo vivito y coleando (para no emplear otro término que me parecería absolutamente vulgar aunque no menos cierto) y aquí estamos de vuelta, firme al pie del cañón de tinto y para el tiro de las doce, de la siesta y si Dios quiere el de la noche, cuando canta la diuca su melodía más hermosa.
Los saluda muy atentamente, de regreso,
Mo-Wi El Bailarín En Una Sola Pata
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