La carrera electoral ya está lanzada, con candidatos inscritos y todo.
Un buen signo es que una importante cantidad de jóvenes se hayan inscrito en los Registros, aunque resulta lamentable que tantos no hayan podido hacerlo porque concurrieron a última hora.
Creo, con sinceridad, que será una disputa difícil no tanto por los posibles resultados, sino por la desesperación de algunos porque las cosas no les irán saliendo bien.
La candidata concertacionista Michelle Bachelet ya descubrió que en la medida que se mantenga al margen de las disputas y descalificaciones, la gente le mantiene su apoyo mayoritario.
Lección no aprendida por la derecha, que posiblemente llegue a arrancarse los ojos en la contienda que culmina en diciembre o enero.
Es que fueron seis años en que la derecha más fundamentalista –la UDI- acarició la certeza de que esta vez sí lograrían terciar la banda presidencial a Lavín. Se sobaban las manos cuando estallaron los distintos escándalos que fueron complicando la gestión del Presidente Lagos, como los del MOP y sus distintas aristas; Corfo Inverlink o el caso Coimas.
Pero no previeron que el manejo económico del Gobierno, sumado a las espectaculares condiciones del mercado internacional –especialmente el estupendo precio del cobre– y los excelentes niveles de inversión le darían a la administración Lagos una extraordinaria tranquilidad para gobernar y avanzar en importantes realizaciones. Tampoco imaginaron que el Presidente proyectaría una imagen tan positiva como para alcanzar niveles de apoyo ciudadano que se empinan sobre el 70 por ciento, proporción desconocida hasta ahora en nuestro continente.
Menos pudieron presagiar que del elenco de personajes públicos emergería con tanta fuerza la figura de esta mujer que los tiene desesperados por el tremendo respaldo público que registra en las encuestas, fenómeno que nadie ha podido explicar con fundamentos lógicos y aceptables.
Les ha resultado imposible entender por qué espontáneamente la gente empezó a mencionar en los sondeos de opinión primero a Soledad Alvear y luego a la Bachelet, sin que sus respectivas colectividades o el propio Gobierno se hayan empeñado en levantar sus figuras. Y que la ex ministra socialista iba a calar tan profundamente y sin esfuerzo alguno, en el corazón del pueblo para erigirse como una potente candidata presidencial.
La derecha está desesperada. Y se nota.
Pero lo que más descolocó a la derecha pinochetista o a la UDI fue la irrupción –inimaginada, por cierto- del ex senador y empresario Sebastián Piñera como competidor de Lavín, y que también alcanzaría un interesante respaldo, empatando o incluso superando (según la encuesta) al candidato que llevaba tantos años en carrera.
La derecha estaba dividida desde hace mucho tiempo. Los afanes hegemónicos de la UDI, su pretensión de someter a Renovación Nacional a cada uno de sus caprichos y le beligerancia verbal que brota incontenible de los labios de sus voceros, fueron socavando confianzas y lealtades al interior de la derecha. Piñera había sido denostado por los personeros de la UDI; lo presionaron para bajarlo de su candidatura senatorial en la V Región y lo derribaron como presidente de su partido.
Entonces, no debió haberles extrañado que el empresario, uno de los hombres más ricos de Chile, se haya levantado como candidato para competirle a Lavín y de paso derrumbar todas las certezas de triunfo que la UDI abrigó por tan largo tiempo.
Muchos en la UDI ya se sienten derrotados. A tal grado que Longueira ya se levantó como el candidato presidencial de la UDI para el 2009. Y el gran esfuerzo partidario se está concentrando en evitar un desastre en las parlamentarias. Ya no creen en Lavín.
Se estima la fortuna de Piñera en más de 1.200 millones de dólares. Por lo tanto, gastar cincuenta o más millones de la moneda norteamericana en su campaña presidencial no le afectará en absoluto. Aunque exista un límite legal para los gastos electorales, porque en tan corto tiempo se han hecho expertos en burlarla.
Ningún otro candidato tiene esa posibilidad.
Más aún: esta vez, los grandes empresarios no están tan resueltos a efectuar aportes importantes para la campaña del representante de los más ricos de Chile, Lavín. Y no lo están porque les ha ido demasiado bien con Lagos. Y en su incontenible populismo, el candidato UDI ya ha dicho que hasta podría aumentar los tributos a las mayores riquezas.
Piñera, en cambio, no tiene ese problema.
Muchas veces pensé que para ocupar cargos públicos preferiría personas sin estrecheces económicas; ojalá con alguna fortuna, porque así se alejaba toda tentación. Y lo sigo sosteniendo.
Pero otra cosa es que una persona demasiado rica pretenda llegar a la Presidencia. Me explico:
Cuando alguien trabaja duro para asegurar su futuro y el de su familia, incluso de sus descendientes posteriores, se puede comprender como una ambición normal.
Pero cuando una persona logra enriquecerse y sigue luchando para tener más y más dinero, demostrando una insaciabilidad sin límites, me preocupa. Si Piñera ha logrado acumular 1.200 millones de dólares –unos 648 mil millones de pesos- es porque se trata de un ser insaciable. Y toda ambición desmedida me produce rechazo.
La gente sabe que Lavín representa a los más ricos y que Piñera es demasiado multimillonario para entender las aspiraciones de quienes apenas tienen –o no tienen- para mal alimentarse.
La gente sabe que en la derecha viven peleándose. Que no dan garantía alguna de estabilidad ni gobernabilidad.
Pero al final, sólo el 12 de diciembre sabremos si el pueblo ha entendido los mensajes.
El riesgo de que el dinero se convierta en votos, que las dádivas condicionen las preferencias populares, sigue en pie. Tal vez con más validez que nunca.
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