Los niños son los protagonistas más indefensos de la violencia al interior de los hogares. |
La desesperación y la impotencia afecta a cada miembro de la familia donde el más fuerte castiga a los más débiles. |
Miguel Tapia G.
Una ley que penaliza las agresiones en el seno de la familia; reparticiones y servicios del estado dedicadas íntegramente al tema, unidades de apoyo familiar en las policías, oficinas especializadas en las municipalidades, jornadas de capacitación y motivación para apoderados en los colegios y para padres en las juntas vecinales... en fin: toda una densa red ha desplegado nuestra sociedad para reducir o terminar con la violencia dentro de los hogares... pero el problema persiste, porfiadamente.
Energúmenos (y energúmenas) plenamente conscientes que la crueldad que desatan entre quienes debieran ser sus seres queridos les causa un daño emocional y físico irreparable, siguen enceguecidos y frente a la menor molestia que se les ocasiones, reaccionan ferozmente agrediendo física o síquicamente a los más débiles de la familia.
Claro que dentro del grupo familiar siempre hay unos más débiles que otros frente a estas agresiones. Muchas mujeres, por ejemplo, llegan a enfrentar al agresor cuando es su padre, cónyuge, conviviente o hijo. Pero los abuelos difícilmente se defienden contra las hostilidades de hijos y nietos; menos aún si viven como allegados. Pero al menos mujeres y viejos cuentan con organizaciones y servicios municipales que los pueden ayudar y hasta asesorar si se trata de denunciar las agresiones ante la justicia. Para eso –entre otras cosas- existen las Oficinas de la Mujer y del Adulto Mayor.Incluso pueden denunciar directamente los hechos ante la policía.
Pero los niños no tienen a quién recurrir. Si sus agresores son los padres o padrastros, generalmente cuentan con la complicidad –o al menos la aceptación- de la madre y viceversa... cuando los ofensores no son ambos, al unísono.
Al niño no se le ocurre ir personalmente a Carabineros o a la eventual Oficina de la Infancia a denunciar maltratos. Y si fueran, difícilmente les harían caso. Por lo general, soportan estoicamente y van acumulando rabia y rebeldía en el fondo de sus espíritus... reservándolas para cuando adolescentes, jóvenes o adultos. Entonces llegan a exteriorizar todos los rencores guardados convirtiéndose –a la vez- en agresores, delincuentes, violadores o quién sabe qué.
Esa es la mayor gravedad del maltrato contra los niños: es un delito que trasciende en el tiempo y con los años se proyecta hacia toda la sociedad, haciéndola a su vez víctima colectiva del embrión de violencia que alguien incubó en la mente de un niño.
Por eso, el maltrato contra los niños debiera ser considerado crimen de lesa humanidad (lesa viene de lesión; el concepto se refiere a delitos que lesionan, dañan, agravian, lastiman, ofenden o hieren a toda la humanidad). Y, por tanto, no debieran ser objeto de prescripción; es decir, se les debiera juzgar y sancionar sin importar el tiempo transcurrido. Tampoco debieran ser objeto de amnistía o perdón judicial.
Desgraciadamente, en nuestra sociedad aún no existe conciencia sobre el enorme daño individual y social que provoca la agresión contra los niños. Las campañas concientizadoras son aisladas e insuficientes. Y los menores siguen indefensos...
Donde sí se ha avanzado es en la conciencia pública relacionada con el maltrato contra las mujeres. Un Ministerio –el Sernam- se ocupa de mejorar la legislación para protegerlas y de dotar a la sociedad de los instrumentos necesarios para sancionar a los agresores.
Pero aún así, la violencia contra las mujeres sigue creciendo. No afloja.
Según estudios que maneja el Servicio Nacional de la Mujer (Sernam) de la V Región, el 50 por ciento de las mujeres de esta zona ha sufrido algún tipo de violencia intrafamiliar. Tan grave es la situación, que a pesar que el 25 por ciento de los casos se refiere a maltratos físicos, es posible asegurar que una de cada cuatro mujeres ha sido afectada por violencia sicológica, mientras que una de cada diez, incluso, ha sido víctima de agresiones sexuales por parte de su propia pareja.
La directora regional del Sernam, Carmen Leyton, ha señalado que este tipo de investigación se desarrolla en la zona desde hace muchos años a través de los dos centros de atención integral que se financian por medio del aporte compartido del propio Servicio y la Intendencia, mediante el Fondo Nacional de Desarrollo Regional (FNDR), pero en los últimos tiempos se han debido reimpulsar debido al incremento en las denuncias, y casos que han alcanzado gran connotación pública.
Las mujeres se atreven a denunciar los castigos de que son víctimas... pero después de siete años de soportarlos, como promedio.
Las estadísticas policiales indican que las denuncias van en aumento. Así, en La Calera, por ejemplo, en 2003 las denuncias por violencia intrafamiliar llegaron a 203 y el año pasado subieron a 282... ¡casi un 40 por ciento!
Y este año, las estadísticas confirman la tendencia al alza.
Hay quienes piensan que el aumento en las denuncias de violencia intrafamiliar responde a una mayor toma de conciencia por parte de las afectadas, en cuanto a que pueden formular las denuncias alcanzando algún grado de protección. Y porque antes no se consideraba que las agresiones pudieran ser también verbales, y las escasas denuncias se referían sólo a las agresiones físicas.
Así opina la sicóloga Elizabeth León, quien señama que en la actualidad se sabe y se difunde más esta realidad, siendo ésta la causa principal de que las mujeres tomen conciencia de que están viviendo una situación anómala que requiere pronta solución.
Pero también aclara que muchas de las agredidas han sido mentalmente formadas aceptando que “el amor va de la mano del castigo” (o sea: “quien te quiere, te aporrea”), como una extensión de lo que conoció como el comportamiento de los padres hacia ellas, pero que sólo al traspasar el límite comprenden que una relación sana se basa en el respeto.
De igual forma, en nuestra estructura social los hombres aprenden a mandar y subyugar de acuerdo a lo que fue la experiencia de sus progenitores, repitiendo las mismas conductas. Además, "puede que hayan acumulado tanta rabia al ver a sus madres serviles y abusadas, que más tarde se desquitan con sus mujeres tratándolas de la misma manera".
Y contra lo que se pudiera pensar, la violencia de los hombres contra las mujeres no radica solamente en los estratos socioeconómicos bajos o medios- bajos.
Según un estudio efectuado en 1992 por la sicóloga Soledad Larraín, el 42 por ciento de las mujeres del estrato socioeconómico alto reconoció haber recibido maltrato de parte de sus parejas; un 85% de ellas lo calificó como "sicológico". Pero dentro de quienes reconocían las agresiones físicas, un 30 las calificó como "graves"; es decir, más que un empujón o una bofetada.
Para la sicóloga Solange Bertrand, también del Sernam, muchas mujeres agredidas desean alejarse de su victimario, pero no lo hacen porque sueñan que algún día volverá a ser el hombre de quien se enamoraron.
Explica que detrás de cada mujer golpeada, subsiste en forma inconsciente el sentimiento de que son ellas las culpables, de que las cosas son así y que no pueden hacer nada para cambiarlas; por tanto, se resignan a la desesperanza y el temor a la soledad.
En tanto, detrás de cada golpeador, hay una persona que no tiene control sobre sus impulsos, que no sabe manejar el estrés o simplemente que, por motivos culturales, ve a su esposa como una posesión más.
La principal diferencia entre las mujeres víctimas de distintos estratos es que entre las de sectores altos existe una mayor dificultad para pedir ayuda, ya sea por vergüenza o por temor a perder su status económico y social.
Subsiste en ellas una tendencia a minimizar la violencia de que son objeto, con argumentos como "Sólo grita de vez en cuando" o "venía cansado o estresado y por eso lo hizo".
Una de las pocas mujeres de estrato alto que se ha atrevido a dar la cara ha sido Celia Schiefelbein, sobrina del ex ministro de Educación, quien denunció públicamente los maltratos de su marido, Carlos Küster. En su caso, las agresiones se intensificaron a tal punto, que llegó a apuntarle con un arma y apretar el gatillo, pero con la buena fortuna de que las balas no salieron. Por los maltratos, él fue declarado reo por intento de homicidio y ella está dedicada a rehacer su vida, intentando crear una fundación dirigida a mujeres golpeadas del sector socioeconómico alto.
En pocos meses, se comunicaron con ella cerca de 120 mujeres en estas condiciones, de Santiago y la Quinta Región.
A la vergüenza que les impide pedir ayuda a familiares o amigos, se suma su escasez de dinero, que les obstaculiza acudir a auxilio profesional, ya sea de un sicólogo o un abogado. Esto, porque la mayoría no trabaja y cuando el marido se da cuenta de sus intentos por cambiar la situación, suelen quitarles las tarjetas de crédito y cerrarles las cuentas bancarias.
Las víctimas de violencia intrafamiliar son muchas. Y a pesar que hoy existe mayor conciencia sobre el grave problema, las agresiones puertas adentro persisten... y de manera creciente, como una suerte de terrorismo sordo e inclemente, dejando una variada secuela de víctimas que a pesar de todo –Reforma Procesal incluida- siguen indefensos.
Porque nuestra sociedad se preocupa mucho de las mujeres agredidas. Los niños siguen casi a la deriva, acumulando rabia, humillaciones y castigos que no merecen.
Pero también hay muchos ancianos castigados de manera brutal por hijos(as), nietos(as) y todos quienes se molesten por su impertinente presencia en los hogares.
También hay hermanas víctimas de sus hermanos; allegados(as) acosados por sus anfitriones; deficientes mentales “soportados” por familiares o cuidadores... en fin: la lista es inmensa.
Y dentro de cada víctima se acumula pena, terror, dolor, congoja o humillaciones sin salida.
Y en cada agresor, se desarrolla un criminal prepotente, que ejerce la superioridad física como única arma frente a la incapacidad de usar la razón y a la carencia absoluta del afecto o la armonía que debieran reinar en todos los hogares.
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