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20 de septiembre de 2005
Miguel Tapia González

Lluvia

Miguel Tapia González

Esteban, refugiado entre las húmedas sábanas del camastro, permanece insomne. Aunque hace frío, hay un calorcillo pegajoso dentro de la estrecha mediagua de tablas donde el fuego humea en sus últimos estertores. Sin ventilación, es pesado el ambiente en el estrecho cuarto donde se amontonan las dos pallasas.

Esteban tiene miedo. El ruido ensordecedor de afuera irrumpe por todos los sentidos dentro del niño; se agiganta, permanece en su interior y pareciera que va a estallar. El agua escurre a borbotones por entre las mejoras del Cerro Mayaca; cae estrepitosamente por las quebradas, penetra por el piso y se enseñorea en las pequeñas mediaguas que se sujetan milagrosamente sobre rocas, peñascos y la movediza arcilla débil del montículo.

-Mamá...

-Duérmete, chiquillo.

Mamá lo sabe: el pesado ambiente que envuelve a Esteban lo inquieta.

Un temor -¿terror?- inmenso se apodera del débil alma de Esteban; crece como una masa amorfa que nace en el pecho y se extiende por el vientre y las extremidades hasta las uñas del pequeño Esteban que no puede dormir entre las pegajosas sábanas de su camastro en la mediagua.

-Tengo miedo.

-Duérmete te’igo...

El agua cae pesadamente sobre el techo de cartón y fonolas; escurre por los intersticios de las tablas y va traspasando el papel de diarios con el que han cubierto los muros para tratar de sellar el paso del frío viento invernal arriba, en el Cerro.

Ese ruido ensordecedor. Esa miseria desparramada por cada rincón de la mediagua donde ¿duermen? Esteban y su madre. Esa humareda pestilente que acosa a los moradores que yacen esperando sólo que las horas desfilen en estricto orden de llegada por sobre los dos seres. Todo, todo envuelve a Esteban y su pavor va in crescendo, sin que su madre quiera advertirlo. Y ese manto de agua que, como llanto imperecedero, suena con ruido sordo e insoportablemente constante desde afuera hacia adentro de la misérrima vivienda. El niño sufre. El corazón estalla dentro de su pecho.

Rompe en llanto.

Afuera hay movimiento apenas perceptible entre el ruido enorme del agua escurriendo en abundantes riachuelos a través de las mejoras de tablas, los peñascos, las quebradas. El niño presiente que están llevándose a algunas familias vecinas porque el agua ya ha cubierto sus cajones, sus camas, todo. Las están “evacuando”, como le dicen a eso cada invierno en que el temporal se ensaña contra los tristes pobladores del Cerro Mayaca. Llevan a las familias pobres. Las llevan para apiñarlas en algún galpón apestoso y luego exhibirlas a la prensa como clara demostración de la humanitaria sensibilidad de las autoridades hacia los que sufren. Allá irán a visitarles para dolerse con su grotesca miseria esas señoronas que visten delantales de colores, uniformes, y posan de sentirse misericordiosas, dadivosas. Las llevan... las llevan.

¿En qué se las llevan?

El humo, el pesado humo que sigue saliendo del improvisado brasero donde mamá quema los restos de cajones que algún día sirvieron como muebles en la mediagua donde yace Esteban, llena todo el ambiente, el pesado ambiente de la miseria.

¿En qué las llevan?

Esteban no lo comprende.

Llueve, llueve incesantemente y sin embargo los cascos de dos caballos suenan nítidos a los oídos de Esteban sobre el piso de tierra de la callejuela, como si fuera duro pavimento. El niño imagina dos corceles negros arrastrando livianamente un carro también negro, con un cochero vestido de negro yendo a retirar la miseria desde los recovecos del Cerro de mi pueblo. Los imagina... -¿por qué?- todo negro o blanco, intensamente descolorido, como un negativo fotográfico sin primeros planos, todo... todo da vueltas por la cabeza de Esteban, por el cuerpo, todo, mientras el pavor se apodera del niño íntegro...

(Duérmete, mi niño. Espera tranquilo, quietecito. Espera que el sueño te domine, que el dulce sueño te vaya envolviendo porque ya no seremos más. Es ésta nuestra última lluvia, la última miserable noche nuestra, querido mío. Duerme sosegado; que el humo, el gas repleten tu pecho, tu cabecita, el vientre, los dedos, y te vayas, y nos vayamos buscando el blancor eterno, ese que jamás hemos tenido, la paz, el descanso, duerme... duérmete ya, por los siglos de los siglos... Adiós).

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